a un mundo que perece...

El Don Profetico

Hemos escuchado y leído mucho acerca de la clausura del canon Biblico.

¿Significa esto que Dios ya no habla más desde aquel entonces?

¿No pueden haber más profetas?

¿Tiene alguien la autoridad de prohibir a Dios hablar?

(Descarga el libro Primeros Escritos, que contiene el libro Dones Espirituales, de Elena G White)

Miremos lo que está escrito en la Introducción al libro Dones Espirituales, despues de leer un breve comentario de los Fideicomisarios de las Publicaciones de Elena G. de White. :

 

LOS DONES ESPIRITUALES.*

Los cuarenta y un cortos capítulos abarcados por Spiritual Gifts (Dones Espirituales), (tercero y último de los libros que constituyen Primeros Escritos), fueron preparados por la Sra. de White en su casa de Battle Creek, Míchigan, durante la primavera y el verano del año 1858, inmediatamente después que ella recibiera la importante visión referente al gran conflicto, el 14 de marzo. Durante febrero y la primera parte de marzo, el pastor White y su esposa habían estado asistiendo a reuniones en el estado vecino de Ohio. Su última parada en el viaje fue para hablar varias veces en la escuela pública de Lowett’s Grove (Bowling Green), Bohío, donde la reunión final se había programado para la mañana del domingo 14 de marzo. Por la tarde, el pastor White dirigió un servicio fúnebre en la escuela donde se habían realizado sus reuniones. Después del discurso pronunciado por su esposo, la Sra. de White se levantó y comenzó a dirigir palabras de consuelo a los enlutados. Mientras estaba así hablando, fue arrebatada en una visión, y en el transcurso de dos horas, durante las cuales la congregación permaneció en el edificio, el Señor le hizo conocer por revelación divina muchos asuntos de importancia para su iglesia. Acerca de esto ella escribió:

“En la visión de Lowett’s Grove, la mayor parte de lo que yo había visto diez años antes acerca del gran conflicto de los siglos entre Cristo y Satanás me fue repetida y se me ordenó que la escribiera.”- Life Sketches of Ellen G. White, pág. 162.

Poco después de haber regresado a Battle Creek, la Sra. de White comenzó a escribir lo que le había sido revelado. En septiembre, se anunció que estaba listo para ser distribuido el librito “Spiritual Gifts, The Great Controversy Between Christ and His Angels and Satan and His Angels” (Dones espirituales, la gran controversia entre Cristo y sus ángeles y Satanás y sus ángeles). En sus 219 páginas se presentaban los sucesos salientes de aquel conflicto casi en forma de resumen. Pero, para el conjunto de menos de tres mil adventistas observadores del sábado, resultaba un libro de buen tamaño. Un capítulo introductorio acerca del 130 don de profecía (págs. 133-144) había sido escrito por R.F.Cottrell, ministro de aquella época dotado de talento para escribir.

Los Fideicomisarios de las Publicaciones de Elena G. de White.


R.F.Cottrell, ministro de aquella época, escribe un buen estudio acerca del Don Profetico, como Introducción al libro Primeros Escritos, de Elen G White, Introduccíon aprobada por la serva del Señor. En este estudio veremos que el Don Profetico a sido dado a muchas personas a traves de la historia y que en estos ultimos días no se reduce solamente a Elena White… 

El don de profecía se manifestó en la iglesia durante la economía judaica. Si bien desapareció por algunos siglos, a causa de la condición corrupta de la iglesia hacia fines de dicha economía, volvió a aparecer para introducir al Mesías. Zacarías, padre de Juan Bautista, “fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó.” Simón, hombre justo y devoto que “esperaba la consolación de Israel,” vino al templo impulsado por el Espíritu Santo y profetizó acerca de Jesús que seria “luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel”; y la profetisa Ana “hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.” No hubo profeta mayor que Juan Bautista, quien fue elegido por Dios para presentar a Israel al “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

La edad cristiana comenzó con el derramamiento del Espíritu Santo, y se manifestó entre los creyentes una gran variedad de dones espirituales. Estos abundaban tanto que Pablo pudo decir a la iglesia de Corinto: “A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho,” a cada miembro de la iglesia, no a cada habitante del mundo.

Desde la gran apostasía, estos dónes se han manifestado raras veces; y a esto se debe probablemente que los que profesan el cristianismo suelen creer que se limitaron al tiempo de la iglesia primitiva. Pero ¿no se debió más bien la cesación de los dones a los errores y a la incredulidad de la iglesia? Y cuando el pueblo de Dios vuelva a la fe y a la práctica primitivas, como sucederá con certidumbre gracias a la 134 proclamación de los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, ¿no volverá a desarrollar los dones la influencia de la “lluvia tardía”? Basándonos en la analogía, podemos esperar que será así. No obstante las apostasías de la edad judaica, ésta se inició y se clausuró con manifestaciones especiales del Espíritu de Dios. Y no sería razonable suponer que la edad cristiana cuya luz, en comparación con la de la edad anterior, viene a ser como la luz del sol comparada con los rayos débiles de la luna haya de comenzar en gloria y clausurarse en la obscuridad. Por el hecho de que una obra especial del Espíritu era necesaria para preparar a un pueblo para el primer advenimiento de Cristo, con cuánto mayor motivo debía suceder lo mismo para el segundo; especialmente si se tiene en cuenta que los postreros días habían de ser tiempos de peligros sin precedentes, e iban a presentarse falsos profetas con poder para hacer grandes señales y prodigios, hasta el punto de seducir, si fuese posible, a los mismos escogidos. Pero recurramos a la Biblia.

“Y les dijo. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.” (Mar. 16:15-18.)

La traducción de Campbell dice: “Estas potestades milagrosas acompañarán a los creyentes.” Los dones no se habían de limitar a los apóstoles, sino extenderse a los creyentes. ¿Quiénes los tendrán? Los que crean. ¿Cuánto tiempo? No hay límites; la promesa alcanza hasta el último creyente.135

Pero se objeta que esta ayuda fue prometida únicamente a los apóstoles y a los que creían por la predicación de ellos; que ellos cumplieron el mandato, establecieron el Evangelio, y que los dones cesaron con aquella generación. Veamos si el gran mandato terminó con aquella generación. Mateo 28:19, 20. “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Que la predicación del Evangelio en cumplimiento de este mandato no terminó con la iglesia primitiva, es algo que se desprende de la promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” No dice: Estoy con vosotros, los apóstoles, por doquiera, hasta los confines de la tierra; sino: Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo, o edad. No resulta lícito decir que aquí se quiere hablar de la edad judaica, porque ésta ya había terminado en la cruz. Deduzco, pues, que la predicación y la creencia en el Evangelio primitivo irán siempre acompañadas de la misma ayuda espiritual. El mandato dado a los apóstoles pertenecía a la edad cristiana, y abarcaba toda la extensión de ella. Por consiguiente, los dones se perdieron únicamente por causa de la apostasía, y volverán a vivir con el reavivamiento de la fe y prácticas primitivas.

En 1 Corintios 12:28, se nos informa que Dios puso o fijó ciertos dones espirituales en la iglesia. En ausencia de toda prueba bíblica de que haya eliminado o abolido estos dones, debemos concluir que estaban destinados a permanecer. ¿Dónde está la prueba de que fueron abolidos? En el mismo capítulo donde el 136 sábado judío es abolido y el sábado cristiano instituido- en un capítulo de los Hechos del Misterio de Iniquidad y del Hombre de Pecado. Pero el objetante asevera tener una prueba bíblica de que los dones iban a cesar, en el siguiente texto: “El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fuí conocido. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor.” (1 Cor. 13:8-13.)

Este pasaje predice la cesación de los dones espirituales, y también de la fe y la esperanza. Pero ¿cuándo iban a cesar? Será cuando venga lo perfecto, cuando ya no veamos como a través de un cristal obscurecido, sino cara a cara. El día perfecto, cuando los justos son hechos perfectos y ven como son vistos, está todavía en el futuro. Es verdad que el hombre de pecado, cuando se hubo desarrollado, puso a un lado “lo que era de niño”, como las profecías, el don de lenguas, el conocimiento, y también la fe, la esperanza y la caridad de los cristianos primitivos. Pero nada hay en nuestro pasaje para demostrar que Dios quiso quitar los dones que había puesto una vez en la iglesia, antes de la consumación de su fe y esperanza, antes que la gloria del estado inmortal eclipsase las manifestaciones más brillantes del poder espiritual y del conocimiento que se hayan visto en el estado mortal.

La objeción basada en 2 Timoteo 3:16, que algunos 137 han presentado con toda gravedad, no merece más que una frase al pasar. Si Pablo, al decir que las Escrituras están destinadas a hacer al hombre de Dios perfecto, cabalmente preparado para toda buena obra, quiso decir que ya nada se escribiría por inspiración, ¿por qué estaba él añadiendo algo a aquellas Escrituras en ese mismo momento? O por lo menos ¿por qué no dejó caer la pluma tan pronto como hubo escrito aquella frase? ¿Y por qué escribió Juan el libro del Apocalipsis, unos treinta años más tarde? Este libro contiene otro pasaje que se cita para probar la abolición de los dones espirituales.

“Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro.” (Apoc. 22:18, 19.)

Hay quienes, basados en este pasaje, sostienen que Dios, que en diferentes ocasiones y maneras habló en tiempos pasados a los padres mediante los profetas, y al comienzo de la economía evangélica, por Jesús y sus apóstoles, prometió solemnemente aquí que nunca más comunicaría algo al hombre de esta manera. En tal caso, todo lo que se haya profetizado, después de escribir aquello debe ser falso. Esto, se dice, cierra el canon de la inspiración. En tal caso, por qué escribió Juan su Evangelio después de regresar de Patmos a Efeso? Al hacerlo ¿añadió a las palabras de la profecía de aquel libro escrito en la isla de Patmos? Se desprende del pasaje que la advertencia contra la añadidura o la substracción no se refiere a la Biblia como la tenemos en el volumen completo, sino al libro del 138 Apocalipsis por separado, como salió de la mano del apóstol. Sin embargo, nadie tiene derecho a añadir o a substraer de cualquier otro libro escrito por la inspiración de Dios. Al escribir el libro del Apocalipsis, ¿añadió Juan algo al libro de la profecía de Daniel? De ninguna manera. Ningún profeta tiene derecho a alterar la Palabra de Dios. Pero las visiones de Juan corroboran las de Daniel y arrojan mucha luz adicional sobre los temas allí introducidos. Concluyo, pues, que el Señor no se impuso la obligación de guardar silencio, sino que sigue teniendo libertad de palabra. Sea siempre el lenguaje de mi corazón: Habla, Señor, mediante quien quieras; tu siervo oye.

De manera que la tentativa de probar por la Escritura que los dones espirituales fueron abolidos, resulta en un fracaso total. Y puesto que las puertas del infierno no han prevalecido contra la iglesia, sino que Dios sigue teniendo un pueblo en la tierra, podemos buscar el desarrollo de los dones en relación con el mensaje del tercer ángel, un mensaje que hará volver a la iglesia al terreno apostólico y la hará verdaderamente la luz -no las tinieblas- del mundo.

Además, se nos ha avisado de antemano que habría falsos profetas en los últimos días, y la Biblia nos presenta una manera de probar sus enseñanzas para distinguir entre lo verdadero y lo falso. La gran prueba es la ley de Dios, que se aplica tanto a las profecías como al carácter moral de los profetas. Si no iban a aparecer profecías verdaderas en los últimos días, ¿no habría sido más fácil declararlo, y así eliminar toda probabilidad de engaño, más bien que dar un método para probarlas, como si hubiese de haber profecías verdaderas así como les habría falsas?

En Isaías 8:19, 20 se encuentra una profecía, dirigida 139 a los espíritus adivinadores, y la ley es presentada como la piedra de toque: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” ¿Por qué decir “si no dijeren conforme,” si es que no iba a haber ninguna manifestación espiritual verdadera o profecía genuina? Jesús dice: “Guardaos de los falsos profetas…. Por sus frutos los conoceréis.” (Mat. 7:15,16.) Esta es una parte del Sermón del Monte, y todos pueden ver que este discurso tiene una aplicación general para la iglesia durante toda la edad evangélica. Los falsos profetas han de conocerse por sus frutos; en otras palabras, por su carácter moral. La única norma por la cual se puede determinar si los frutos son buenos o malos, es la ley de Dios. Así somos llevados a la ley y al testimonio. Los profetas verdaderos no sólo hablarán conforme a esta palabra, sino que vivirán de acuerdo con ella. Al que habla y vive así, no me atrevo a condenarlo.

Siempre ha sido característica de los falsos profetas que vieran visiones de paz, y luego dijeran: “Paz y seguridad,” cuando ha estado por sobrecogerlos la destrucción repentina. Los verdaderos reprenderán siempre audazmente el pecado y darán advertencia con respecto a la ira venidera.

Las profecías que contradicen las sencillas y positivas declaraciones de la Palabra, deben ser rechazadas. Así enseñó nuestro Salvador a sus discípulos cuando les dio advertencias acerca de cómo volvería. Cuando Jesús ascendió al cielo a la vista de sus discípulos, fue declarado explícitamente por los ángeles que ese mismo Jesús vendría así como le habían visto ir al cielo. De ahí que Jesús, al predecir la obra de los falsos profetas de los últimos días, dice: “Así que, si os dijeren: Mirad, está en el desierto, no salgáis; o 140 mirad, está en los aposentos, no lo creáis,” Toda profecía verdadera al respecto debe reconocer que vendrá del cielo en forma visible. ¿Por qué no dijo Jesús: En tal caso, rechazad toda profecía, porque no habrá ya verdaderos profetas?

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo,” (Efe. 4:11-13.)

De un versículo anterior aprendemos que cuando Cristo ascendió al cielo, dio dones a los hombres. Entre esos dones se enumeran: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y doctores o maestros. El objeto por el cual fueron dados era el perfeccionamiento de los santos en la unidad y el conocimiento. Algunos que profesan ser pastores y maestros actualmente sostienen que estos dones cumplieron plenamente su objeto hace unos mil ochocientos años, y que por consiguiente cesaron. ¿Por qué no ponen de lado entonces sus títulos de pastores y maestros? Si el cargo de profeta queda limitado por este texto a la iglesia primitiva, así también debe ser el de evangelista, y todos los demás cargos; pues no, se hace distinción entre ellos.

Todos estos dones fueron dados para el perfeccionamiento de los santos en la unidad, el conocimiento y el espíritu. Bajo su influencia, la iglesia primitiva disfrutó por un tiempo de aquella unidad: “La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma.” Y parece que, como consecuencia natural de esta condición de unidad, “con gran poder los apóstoles 141 daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos.” (Hech. 4:31-33.) ¡Cuán deseable sería un estado de cosas tal actualmente! Pero la apostasía, con su influencia divisoria y agostadora, manchó la belleza de la hermosa iglesia y la vistió de saco. La división y el desorden fueron el resultado. Nunca hubo tan gran diversidad de fe en la cristiandad como hoy. Si los dones fueron necesarios para conservar la unidad de la iglesia primitiva, ¡con cuánto mayor motivo lo son para restaurar la unidad hoy! Y que es el propósito de Dios restaurar la unidad de la iglesia en los postreros días, queda abundantemente probado por las profecías. Se nos asegura que los centinelas estarán de acuerdo cuando el Señor haga volver a Sion. También que, en el tiempo del fin, los sabios entenderán. Cuando esto se cumpla, habrá unidad de fe entre todos aquellos a quienes Dios tiene por sabios; porque los que entiendan en realidad con corrección, deberán comprender las cosas de la misma manera.

De estas consideraciones y otras parecidas, se desprende que el estado perfecto de la iglesia aquí predicho está todavía en el futuro; por consiguiente estos dones no han realizado todavía su propósito. La carta a los efesios fue edita en el año 64 de nuestra era, unos dos años antes que Pablo dijera a Timoteo que estaba listo para ser ofrecido, y que se acercaba el tiempo de su partida. Las semillas de la apostasía estaban germinando entonces en la iglesia, pues Pablo había dicho diez años antes, en la segunda carta a los tesalonicenses: “Ya está en acción el misterio de iniquidad.” Estaban por entrar lobos rapaces que no perdonarán el rebaño. La iglesia no estaba entonces en marcha hacia aquella perfección en la unidad que 142 contempla el texto, sino que iba a ser desgarrada por las facciones y enajenada por las divisiones. El apóstol lo sabía; por consiguiente debía mirar más allá de la gran apostasía, hacia la época en que sería reunido el residuo del pueblo de Dios, cuando dijo “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe.” (Efe. 4:13.) De allí que los dones que fueron otorgados a la iglesia no habían acabado de servirla.

“No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno:” (1 Tes. 5:19-21.)

En esta epístola el apóstol introduce el tema de la segunda venida del Señor. Luego describe la condición del mundo incrédulo que está diciendo: “Paz y seguridad,” cuando el día del Señor está por sobrecogerlo, y la destrucción repentina va a caer sobre él como ladrón en la noche. Exhorta luego a la iglesia para que, en vista de estas cosas, se mantenga despierta, vele y sea sobria. Entre las exhortaciones que siguen están las palabras que hemos citado: “No apaguéis al Espíritu,” etc. Algunos pueden pensar que estos tres versículos están completamente desprendidos de cualquier otro en cuanto al sentido; pero tienen una relación natural en el orden en que se presentan. La persona que apague el Espíritu se verá inducida a despreciar las profecías, que son fruto legítimo del Espíritu. “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas.” (Joel 2:28.) La expresión: “Examinadlo todo,” se limita al tema del discurso: las profecías, y debemos probar los espíritus por los medios que Dios nos ha dado en su Palabra. Los engaños espirituales y las falsas profecías abundan actualmente; e indudablemente este pasaje tiene una aplicación especial hoy. Pero notemos 143 que el apóstol no dice: Rechazadlo todo; sino: Probadlo todo; retened lo bueno.

“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo, y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. Y todo aquel que invocaré el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.” (Joel 2:28-32.)

Esta profecía de Joel, que habla del derramamiento del Espíritu Santo en los postreros días, no se cumplió del todo al comenzar la economía evangélica. Esto es evidente por la mención de los prodigios en el cielo y en la tierra, que se nota en el pasaje, y que debían ser los precursores del “día grande y espantoso de Jehová.” Aunque hemos tenido las señales, ese día terrible es todavía futuro. Puede llamarse postreros días a toda la economía evangélica, pero es absurdo decir que los potreros días abarcan los 1800 años pasados. Llegan hasta el día del Señor y nos llevan hasta la liberación del residuo del pueblo de Dios: “Porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre él remanente al cual él habrá llamado.”

Este residuo, existente en tiempo de las señales y los prodigios que anuncian el día grande y terrible de Jehová, es sin duda el residuo de la simiente de la mujer que se menciona en Apocalipsis 12:17: la 144 última generación de la iglesia en la tierra. “Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.”

El resto o residuo de la iglesia evangélica ha de tener los dones. Se le hace la guerra porque guarda los mandamientos de Dios y tiene el testimonio de Jesucristo. (Apoc. 12:17.) En Apocalipsis 19:10 se define el testimonio de Jesús como el espíritu de profecía. Dijo el ángel; “Yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos que retienen el testimonio de Jesús.” En Apocalipsis 22:9, repite más o menos lo mismo como sigue: “Soy consiervo tuyo,” y “de tus hermanos los profetas.” Comparando un pasaje con otro notamos la fuerza de la expresión: “El testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía. ” Pero el testimonio de Jesús incluye todos los dones de aquel Espíritu. Dice Pablo:”Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia; así como el testimonió acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros, de tal manera que nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Cor. 1:4-7.) El testimonio de Cristo fue confirmado en la iglesia de Corinto; y ¿cuál fue el resultado? En cuanto a los dones nadie le llevaba la delantera, ¿No estamos, pues, justificados al concluir que cuando el remanente o residuo esté del todo confirmado en el testimonio de Jesús, nadie le llevará la delantera en cuanto a los dones, mientras aguarda la venida de nuestro Señor Jesucristo?

R. F. Cottrell. 

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