a un mundo que perece...

A nuestros hermanos excluídos

“La calumnia y el reproche serán la recompensa de los que defiendan la verdad como está en Jesús. “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Tim. 3: 12). Los que dan un franco testimonio contra el pecado, tan ciertamente serán aborrecidos como lo fue el Maestro que les dio esa obra para hacerla en su nombre. Al igual que Cristo, serán llamados enemigos de la iglesia y de la religión, y mientras más fervientes y leales sean sus esfuerzos para honrar a Dios, más amarga será la enemistad de los impíos e hipócritas. Pero no nos debemos desanimar cuando seamos tratados así. MS1. 83″

“No debiera sorprendernos cuando las malas conjeturas son ávidamente empuñadas como hechos indudables por aquellos que sienten inclinación hacia la falsedad. Los opositores de Cristo fueron vez tras vez confundidos y silenciados por la sabiduría de las palabras de él. Sin embargo, todavía escuchaban ansiosamente cada rumor y buscaban algún pretexto para acosarlo con preguntas contenciosas. Estaban determinados a no abandonar su propósito. Bien sabían que si Jesús continuaba con su obra, muchos creerían en él y los escribas y fariseos perderían su poder sobre el pueblo. Por lo tanto, estuvieron dispuestos a rebajarse hasta emplear cualquier medida vil o despreciable para realizar 81 sus malignas intenciones contra Jesús. Odiaban a los herodianos, y sin embargo se unieron con esos enemigos inveterados a fin de idear algún plan para deshacerse de Cristo.” MS1. 81

Actualmente muchos hermanos al rededor del mundo se encuentran experimentando un despertar adventista. En varios países se puede ver la luz brillar, personas deseosas de avanzar con la misión de la iglesia, a saber, la predicación del triple mensaje angélico de Apocalipsis 14. Con todo lo que el mensaje implica y exige sea dicho y denunciado. Son muchos los que de una forma u otra se han decidido por salir de un estado de adormecimiento experimentado en la mayoría de las iglesias para darse cuenta del avance del enemigo con la introducción de falsas doctrinas y practicas mundanas en la iglesia remanente.

Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar. Isaías 58:12

Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos. Jeremías 6:16

Esto ha despertado la persecución por parte de una dirigencia deseosa de mantener las formas politicamente correctas para con el romanismo, y mantener una predicación que no implique hablar mal de otra religión aunque eso implique traicionar el mensaje. Esta persecución se ha traducido en acciones (algunas disfrazadas biblicamente) como los son: Boicot de conferencias organizadas para predicar el mensaje de los 3 ángeles (amenazas de bombas, quitar fuentes de electricidad, hacer uso del poder civil: denuncias ante gobernacion, ante inmigracion, olvidándose de lo que dice la Biblia sobre acudir a tribunales, y de quien está detras de utilizar el poder del estado en favor de la iglesia); así como la desfraternización (en algunos casos masiva) de hermanos, retiro de cargos en las iglesias, disolución de iglesias; y promover el rechazo hacia los hermanos que están por el mensaje, al calificarlos despectivamente como “separatistas, divisionistas, disidentes, etc.”

Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. Juan 6:2

Estimado hermano, si usted se ha decidido por el mensaje que Dios requiere sea predicado en nuestros días, seguramente ha experimentado dificultades. Si aún no lo ha hecho lo invitamos a hacerlo y con ello le aseguramos que verá la resistencia que éste mensaje impopular produce, pero no desánime que usted será sostenido por Aquel que no deja caer una hoja de árbol sin que Él lo permita. Esto es sólo el principio de lo que ha de venir.

No tengas ningún temor de las cosas que haz de padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados; y tendréis tribulación de diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. Apocalipsis 2:10

“El permanecer de pie en defensa de la verdad y la justicia cuando la mayoría nos abandone, el pelear las batallas del Señor cuando los campeones sean pocos, ésta será nuestra prueba. En este tiempo, debemos obtener calor de la frialdad de los demás, valor de su cobardía, y lealtad de su traición” (2 JT, 31).  


Compartimos con usted la experiencia que pasó la sierva del Señor cuando fue borrada de la iglesia Metodista. Podrá notar cómo aunque hayan transcurrido mas de 150 años, los argumentos y formas entre sistemas que se han corrompido son muy similares.

Estimado hermano, ame a Dios y guarde sus mandamientos que esto le asegurará un lugar en el pueblo de Dios, en su iglesia invisible; ésta es la verdadera iglesia de Dios:

Dios posee una iglesia.  No es una gran catedral, ni la iglesia oficial establecida, ni las diversas denominaciones; sino el pueblo que ama a Dios y guarda sus mandamientos.  “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mat. 18:20).  Aunque Cristo esté aún entre unos pocos humildes, ésta es su iglesia, pues sólo la presencia del Alto y Sublime que habita la eternidad puede constituir una iglesia. Alza tus Ojos p. 313

 

Alejamiento de la Iglesia Metodista.-

La familia de mi padre todavía asistía ocasionalmente a la iglesia metodista y también a las clases de instrucción que se llevaban a cabo en hogares particulares. Cierta noche mi hermano Roberto y yo fuimos a una de esas reuniones. El anciano encargado se encontraba presente. Cuando llegó el turno de mi hermano, éste habló con gran humildad, a la vez que claramente, acerca de la necesidad de hacer una preparación completa para encontrarse con nuestro Salvador cuando viniera en las nubes de los cielos con poder y gran gloria. Mientras mi hermano hablaba, su rostro generalmente pálido brilló con una luz celestial. Pareció ser transportado en espíritu más allá del lugar en que se encontraba y habló como si estuviera en la presencia de Jesús. Cuando llegó mi turno de hablar, me levanté con libertad de espíritu y con un corazón lleno de amor y paz. Referí la historia de mi gran sufrimiento bajo la convicción del pecado, de cómo finalmente había recibido la bendición buscada tanto tiempo, y de mi completa conformidad a la voluntad de Dios. Entonces expresé el gozo que experimentaba por las nuevas de la pronta venida de mi Redentor para llevar a sus hijos al hogar celestial.

En mi sencillez esperaba que mis hermanos y hermanas metodistas comprendieran mis sentimientos y se regocijaran conmigo. Pero quedé frustrada, porque varias hermanas expresaron su desagrado haciendo ruido con la boca, moviendo ruidosamente las sillas y volviéndose de espaldas. Puesto que no hallé nada que pudiera haberlas ofendido, hablé brevemente, sintiendo la helada influencia de su desaprobación. Cuando terminé, el pastor B. me preguntó si no sería más agradable vivir una larga vida de utilidad, haciendo bien a otros, que desear que Jesús viniera pronto y destruyera a los pobres pecadores. Repliqué que anhelaba la venida de Jesús. Entonces el pecado llegaría a su final y disfrutaríamos para siempre de la santificación, sin que existiera el diablo para tentarnos y descarriarnos.

Luego me preguntó el pastor si yo no prefería morir en paz en mi cama antes que pasar por el dolor de ser cambiada durante mi vida de un estado mortal a uno de inmortalidad. Le respondí que deseaba que Jesús viniera y llevara a sus hijos; y estaba dispuesta a vivir o a morir, según fuera la voluntad de Dios y que podría fácilmente soportar todo el dolor que se pudiera sufrir en un momento, en un abrir y cerrar de ojos; que deseaba que las ruedas del tiempo giraran rápidamente y trajeran el día deseado cuando estos cuerpos viles fueran transformados a la semejanza del gloriosísimo cuerpo de Cristo. También expresé que cuanto más cerca vivía de Señor, tanto más fervientemente anhelaba que él apareciera. Al llegar a ese punto, algunos de los presentes dieron muestras de mucho desagrado.

Cuando el anciano que dirigía habló a otros en la clase, expresó gran gozo en la anticipación del milenio temporal, cuando la tierra sería llenada de conocimiento del Señor, así como las aguas cubren el mar. Dijo que anhelaba el advenimiento de ese período. Una vez terminada la reunión tuve la impresión de que las mismas personas que antes me habían tratado con bondad y amistad ahora me trataban con marcada frialdad. Mi hermano y yo regresamos al hogar porque el tema de la pronta venida de Jesús despertaba en ellos una oposición tan enconada. Si embargo, estábamos agradecidos porque podíamos discernir la preciosa luz y regocijarnos en la espera de la venida del Señor.

Poco después de esos acontecimientos volvíamos a asistir a una clase de instrucción. Deseábamos tener la oportunidad de hablar del precioso amor de Dios que nos animaba interiormente. Especialmente yo deseaba hablar de la bondad y la misericordia que Dios había tenido conmigo. Había experimentado un cambio tan grande que me parecía que era mi deber aprovechar toda oportunidad para testificar del amor del Salvador.

Cuando llegó mi turno de hablar, expuse las evidencias que me hacían disfrutar del amor de Jesús, y dije que esperaba con gran anticipación el pronto encuentro con mi redentor. La creencia de que la venida de Cristo estaba cercana había conmovido mi espíritu y me había inducido a buscar con más fervor la santificación del Espíritu de Dios. A esta altura de mi exposición, el dirigente de la clase me interrumpió diciendo: “Usted ha recibido la santificación mediante el metodismo, mediante el metodismo, hermana, y no por medio de una teoría errónea”. Me sentí compelida a confesar la verdad que no había sido mediante el metodismo que mi corazón había recibido su nueva bendición, sino por medio de las conmovedoras verdades concernientes a la aparición personal de Jesús. Mediante ellas había encontrado paz, gozo y perfecto amor. Así concluyó mi testimonio, que era el último que había de dar en una clase con mis hermanos metodistas.

A continuación Roberto habló con su característica humildad, y sin embargo en una forma tan clara y conmovedora que algunas personas lloraron y quedaron muy enternecidas; pero otras tosieron para mostrar su desaprobación y se mostraron muy inquietas. Después de terminada la clase, volvimos a hablar acerca de nuestra fe y quedamos asombrados de que nuestros hermanos y hermanas cristianos no pudieran soportar que se hablara de la venida de nuestro Salvador. Pensamos que si en realidad amaban a Jesús como decían, no debería molestarles tanto oír hablar de su segunda venida, sino, por lo contrario, deberían recibir las nuevas con gozo.

Llegamos a la conclusión de que ya no debíamos seguir asistiendo a reuniones de instrucción. La esperanza de la gloriosa venida de Cristo llenaba nuestras almas y encontraría expresión cuando nos levantábamos para hablar. Ya sabíamos que esto despertaba el enojo de los presentes contra los dos humildes niños que se atrevían a desafiar la oposición y a hablar de la fe que había llenado sus corazones de paz y felicidad. Era evidente que ya no podríamos hablar con libertad en esas reuniones de instrucción, porque nuestros testimonios despertaban burlas y provocación sarcástica que percibíamos al final de las reuniones, procedentes de hermanos y hermanas a quienes habíamos respetado y amado.

 

Toda nuestra familia se interesaba en la doctrina de la pronta venida del Señor. Mi padre era considerado desde hacía mucho tiempo una de las columnas de la iglesia metodista en el lugar donde vivíamos, y también las personas que componían el resto de la familia habían sido miembros activos. Pero no habíamos guardado en secreto nuestra nueva creencia, aunque tampoco procurábamos imponerla a otras personas en ocasiones que no fueran apropiadas, ni manifestábamos hostilidad hacia nuestra iglesia. Sin embargo, el pastor metodista nos hizo una visita especial para informarnos que nuestra fe y el metodismo no podían estar de acuerdo. No preguntó cuáles eran las razones de nuestra creencia ni hizo referencia alguna a la Biblia a fin de convencernos de nuestro error; en cambio declaró que habíamos adoptado una nueva creencia extraña, que la iglesia metodista no podía aceptar.

Mi padre contestó que el pastor se equivocaba al llamar nuestra creencia una doctrina nueva y extraña, y añadió que Cristo mismo, al enseñar a sus discípulos, había predicado acerca de su segunda venida. Dijo: “En la casa de mi padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3). Cuando Jesús fue llevado al cielo en presencia de sus discípulos y una nube lo recibió y lo ocultó de la vista de ellos, estando sus fieles seguidores con los ojos puestos en el cielo, aun después que Jesús había desaparecido de su vista. “He aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:10-11).

Mi padre continuó diciendo: “El inspirado apóstol Pablo escribió una carta para animar a sus hermanos de Tesalónica, en la que les dijo: “Y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado de todos los que creyeron” (2 Tes. 1:7-10). “´ Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras`” (1 Tes. 4:16-18).

“Esta es la autoridad superior que respalda nuestra fe. Jesús y sus apóstoles hablaron extensamente acerca de la gozosa y triunfante segunda venida de Cristo y los santos ángeles proclaman que Cristo,quien ascendió al cielo, volverá otra vez. En esto consiste nuestro agravio, en creer en la Palabra de Jesús y de sus discípulos. Esta es una doctrina muy antigua y no está manchada por la herejía”.

El pastor no hizo ningún esfuerzo por presentar algún texto bíblico que pudiera probar que estábamos en error; en cambio se excuso diciendo que debía irse porque ya no tenía más tiempo. Nos aconsejó que nos retiráramos calladamente de la iglesia para evitar ser sometidos a un proceso público. Sabíamos que otros miembros de la iglesia habían sido tratados en la misma forma por idéntica causa, y no deseábamos que se entendiera que nos avergonzábamos de reconocer públicamente nuestra fe, o que éramos incapaces de respaldarla con las Escrituras; de modo que mis padres insistieron en que se les informara cuáles eran las razones que motivaban el pedido del pastor.

Obtuvieron como única respuesta una declaración evasiva según la cual habíamos contrariado los reglamentos de la iglesia, y que lo mejor que podíamos hacer era retirarnos voluntariamente de ella a fin de evitar un juicio público. Contestamos que preferíamos ser sometidos a juicio, y exigimos saber qué pecado se nos imputaba, ya que estábamos conscientes de no haber cometido ningún mal al esperar con amor la segunda venida de nuestro Salvador.

Poco tiempo después se nos notificó que debíamos presentarnos en una reunión que se efectuaría en un aposento anexo de la iglesia. Había pocos miembros presentes. La influencia de mi padre y su familia era tal que nuestros opositores no habían querido presentar nuestro caso a toda la congregación. El único cargo que se nos imputó fue que habíamos contrariado los reglamentos de la iglesia. Cuando preguntamos cuáles reglamentos habíamos asistido a otras reuniones y que habíamos descuidado de reunirnos regularmente con nuestra clase. Contestamos que parte de la familia había estado en el campo durante cierto tiempo, que ninguno de los que habían permanecido en la ciudad se había ausentado de las reuniones de instrucción por más de unas pocas semanas, y que se habían permanecido en la ciudad se había ausentado de las reuniones de instrucción por más de unas pocas semanas, y que se habían visto moralmente obligados a permanecer alejados porque los testimonios que habían dado habían sido recibidos con mucha desaprobación. También les recordamos que algunas personas que no habían asistido a las reuniones de instrucción durante un año todavía seguían siendo miembros regulares de la iglesia.

Se nos preguntó si estábamos dispuestos a confesar que nos habíamos alejado de sus reglamentos, y también que si prometíamos conformarnos a ellos en el futuro. Contestamos que no nos atrevíamos a abandonar nuestra fe o a negar la sagrada verdad de Dios, que no podíamos abandonar la esperanza de la pronta venida de nuestro Redentor, y que debíamos seguir adorando a nuestro Señor en la misma forma, aunque ellos lo consideraran una herejía. Mi padre recibió la bendición de Dios al presentar su defensa y todos nos retiramos experimentado una gran libertad y gozosos en el conocimiento de que obrábamos rectamente y teníamos la aprobación de Jesús.

El domingo siguiente, al comienzo de la celebración religiosa llamada ágape, el anciano de la iglesia que dirigía leyó nuestros nombres, siete en total, y dijo que habíamos sido eliminados de la iglesia.

Declaró que no se nos expulsaba debido a conducta indebida o inmoral, que teníamos un carácter sin tacha y una reputación envidiable, pero que habíamos sido declarados culpables de contrariar los reglamentos de la Iglesia Metodista. También declaró que con eso se había abierto una puerta y que todos los que fueran hallados culpables de quebrantar los reglamentos en forma similar, serían tratados en la misma forma.

En la iglesia había muchos miembros que esperaban la venida del Salvador, y esta amenaza se hizo con el propósito de amedrentarlos a fin de que se sometieran a las creencias de la iglesia. En algunos casos este procedimiento produjo los resultados deseados, y algunos vendieron el favor de Dios por un lugar en la iglesia. Muchos creían, pero no se atrevían a confesar su fe por temor a ser expulsados. Sin embargo, algunos se retiraron poco después y se unieron al grupo de los que esperaban la venida del Salvador. En un tiempo como éste consideramos de mucha ayuda las siguientes palabras del profeta: “Vuestros hermanos que os aborrecen, y os echan fuera por causa de mi nombre, dijeron: Jehová sea glorificado. Pero él se mostrará para la alegría vuestra, y ellos serán confundidos” (Isa.66:5).

Testimonios para la Iglesia. Tomo I
Pag. 39 – 47

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